Here I aaaaam!!! Aquí dando la brasa, tal y como suelo hacer muajajaja.
Bueno, me han dicho que los blogs son para... colgar cosas¿? Y he decidido compartir mi literatura con el resto del mundo mundial (///)
Allá va, lo llamo AsN
Suspiré. Mamá sabía muy bien que no me gustaba ir al pueblo en verano. Lo sabía. Y ahí estaba yo, sentada en el asiento delantero del coche con mis nueve cochinos años, protestando. -Basta ya, Clara. No sé por qué no te gusta estar en un ambiente con montañas, rodeada de naturaleza, aire limpio, puro y...- la dejé con su perorata. No quería volverle a replicar que en ese pueblo no había libros, que la tele estaba hecha un asco y que, además, no había Internet. Al menos tenía el aliciente de que mis primas iban a venir también... Miré sin interés los banderines que había colgados debido a las fiestas. Lo único que me vino a la cabeza fue que, como todos los años, la charanga me iba a despertar, a mí, en mis deliciosas y no madrugadoras vacaciones de verano... "Felices Fiestas", decían. ¬__¬... Ésa fue exactamente la cara que puse. Llegamos al fin. Ahí se alzaba el bloque de apartamentos, con unas montañas nevadas a pesar de la estación. Bajé las maletas del coche y me encaminé al ascensor. El short me daba calor. Se pegaba demasiado a la piel, y además, era rosa. Odio el rosa. Me dije a mí misma que me cambiaría nada más llegar arriba, y con esa ilusión, salí al rellano para ir a nuestro piso. Miré con repulsa la arañita que colgaba de un barrote. -Mamáaaaaa, abreeeeeee...- la llamé. Me miró mal, y abrió la puerta de madera. Entré a mi cuarto, pequeño y formado por cuatro literas. Odioso. Dejé la maleta sobre una de las camas y me cambié, poniéndome los shorts vaqueros y una camiseta verde.
Comimos. Mi madre suspiró exasperada ante mi ceño fruncido continuamente, y ni siquiera Los Simpson me distraían. Eran capítulos viejos, de las primeras temporadas, ésas en las que los personajes son deformes y tienen voces amorfas.
Mis primas y mi tío recién divorciado llegaron a las cuatro. María, un año menor que yo, me saludó con un entusiasmo que a mí me ponía de los nervios. Rayaba la reverencia. Vale que me tuviera admiración, por mi pelo rubio, mi carita pecosa, y además, porque yo era más alta. Pero tanta... -María, Lucía, vámonos al parque, anda...- sugerí. Asintieron, y Lucía cogió su pelota de plastiquete barato. En el camino que lleva al parque no dije nada. María me habló del colegio, sus profesores, una chica que se seguía sacando los mocos...
En la entrada fue cuando lo vi. Se me cortó la respiración, y me puse pálida debajo de las pecas, que empezaban a desaparecer. Era moreno, tenía el pelo muy, muy negro. Alto, la piel pálida, la cara angulosa. Vestía una camiseta de Hilfiger, y unos pantalones pesqueros muy cómodos para lo que estaba haciendo: jugar a pillarse con un amigo rapado.
En todo eso me fijé mientras María me arrastraba hasta la caseta que había en el parque. Me hizo un interrogatorio improvisado, durante el cual recuperé la cordura y el aire. Los volví a perder en cuanto entró corriendo y riéndose. Se quedaron quietos, y me miró. Los ojos, negros también, escrutaron los míos, marrones, con curiosidad. No pude pronunciar palabra, salvo esta estupidez: -Esto... Y así es como se hacen los bebés.
Se rió, por supuesto. Y yo me quise morir de vergüenza, si bien pensé que aquella risa era el más celestial de los sonidos. Tan de pronto como habían entrado, los dos muchachos salieron de la caseta. -Clara... ¿Clara? ¡Clara!- me llamó María, pasando la mano abierta delante de mí. Sacudí la cabeza. -¿Hmm? ¿De qué hablábamos?- pregunté, más en la Luna que allí. -Tú de bebés, no sé qué mosca te ha picado, aunque ha sido ingenioso...- me miró de la única manera que sabía: admirada.- Oye, ¿era guapo, verdad? El moreno de pelo largo...- dijo con voz insinuante. Reprimí el infantil impulso de gritar que era mío, mío y mío, que no se le ocurriera ni mirarlo. Asentí despacio, aún con la mente divagando en ésos ojos oscuros, curiosos... Mágicos.
Tras un rato, decidimos salir. Yo albergaba la esperanza de que mi madre nos llevara a la piscina, pero el cuadro con el que me encontré era muy distinto: cabezudos. Cabezudos en el parque. Tragué saliva y María chilló encantada. Aún ahora sigo pensando que esta chica es algo masoquista. ¿Qué podía hacer? Uno de ellos, tal vez el menos querido por mí, el Payaso, se nos iba acercando. Como si nuestra vida dependiera de ello, le susurré a mi eterna compañera: -Corre como alma que lleva el diablo. Y eso hizo ella. El cabezudo, bajo la enorme protuberancia de encima de su cuello, se echó a reír, y agitó el palo que llevaba para azotar. Yo aún conservaba las cicatrices del año pasado, accidentales, y hechas por la misma persona, estoy segura. Lentamente, me eché hacia atrás, sin ser consciente de que me estaba arrinconando el la pared. -¿No corres, rubita?- me preguntó debajo de su enorme máscara. -Ya no puedo- respondí, al ver que, efectivamente, no tenía escapatoria.
Entonces, sucedió un milagro: uno de los caramelos que repartían en esas cabalgatas le golpeó en la cabeza, lo tambaleó y lo hizo caer. Aliviada, lo rodeé, teniendo buen cuidado de reírme como niña que era, cogiendo el palo y partiéndolo por la mitad. En mi dicha infantil, por este hecho yo me creía una heroína; al poco recordé el caramelo, y busqué por todas partes a mi salvador. Lo único que vi fue una pierna cubierta por un pesquero verde y unas deportivas negras. ------------------------------------------------------------------------------------- Esa noche, en la verbena, me limité a observar a mi familia sentada en el banco de la plaza. No podía decir quién hacía más el tonto: si mi tío bailando el "Aserejé" con Lucía, o mi madre y María en el mismo baile, pero por separado. No me sentía con ganas de ponerme en ridículo.
Mi pensamiento aún vagaba en esa cara pálida y angelical, ese rostro suave y a la vez definido, esos ojos intensos y oscuros, ése pelo, negro como una noche sin estrellas. Y, en alguna parte de mi cabeza que aún guardaba racionalidad, me acordaba del detalle de que me había salvado... Vale, de la tunda de un cabezudo de pueblo, pero un salvamento es un salvamento. Tan sólo pensaba en volver a perderme en esa cara... Tan sólo quería volver a escuchar esa risa. Quería saber su nombre, para ensalzarlo y componerle una canción, dedicarle un poema... Necesitaba saber el nombre de ese niño.
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Siete años después, pensaba que aquél había sido, probablemente, el mejor verano de mi vida. El viaje a Italia había ido como si lo hubiera controlado alguien como en Los Sims, y los pocos días en Zaragoza estuvieron llenos de risas y de diversión. Ahora, de nuevo en el coche camino al pueblo, con Simple Plan a todo meter a falta de algo mejor (ya veis lo mal que estaba de CDs como para escuchar un grupo emo...) y para no oír a mi madre.
Faltaban aún dos días para que empezaran las fiestas de forma oficial. Era el día 11 de Agosto, mi santo, y Cristina, la mejor amiga de mi madre, decidió (sin que nadie se lo pidiera) invitarnos a tomar algo. Tapear. En mi pueblo. Chupi. La verdad es que hacer tal cosa en un sitio tan pequeño es difícil. No es precisamente que los locales tengan mucho glamour, pero en fin. Es lo que hay.
En vista de que iba a tener que pasar al menos dos horas fingiendo estar contenta y ocultando mi impaciencia, me puse lo más normal que tenía: una camiseta negra (cómo no) y unos piratas rojos, esos que mamá decía que me hacían un tipo tan bonito. Vale, si le hacía ilusión… Los zapatos blancos de calaveras me hacían daño. Iba a tener que jubilarlos. “Oh, qué pena…” pensé con sarcasmo. Pasé de intentar peinarme el pelo corto. Me gustaba suelto y salvaje, cada mechón a donde le diera la gana apuntar.
-¡Clara, vamos!- me apremió mi madre. Con un último suspiro resignado, salí a la tarde soleada. Bajando por la cuesta hacia el E-Cate, el local más de moda del pueblo, veía niños gritando y lanzándose tiros de agua con sus pistolitas de plástico. Los padres, con jetos de mortificación, los seguían a distancia. Inevitablemente, los abuelos del lugar paseaban calle arriba, calle abajo, haciendo comentarios sobre las jóvenes que cuchicheaban sobre dónde iban a meter la priva aquel año. Puse los ojos en blanco. Yo, a mis dieciséis años, no sentía la necesidad de emborracharme para pasármelo bien. De hecho, no me gustaba el alcohol. La única bebida que se salvaba era el Bailey’s, y la tomaba muy de ciento a viento. Para cuando me quise dar cuenta, ya me habían sentado en una de esas sillas de hierro que pretenden ser brillantes y bonitas. Qué ilusas.
Apoyé la cara en la palma de la mano, perdiéndome en mis pensamientos al ver que mi madre y su amiga se enfrascaban en una conversación sobre reformas. El bricolaje no me gusta, nunca me ha gustado; le cogí manía por una serie de Tim Allen, actor al que detesto profundamente. Casi no sabía lo que hacía cuando pinchaba el pequeño tenedor en las papas bravas con distintas salsas (rosa, barbacoa, mostaza de Dijon y mostaza dulce) y no me daba cuenta en absoluto cuando tenía que beber la Coca-Cola.
-Así que, este año, y luego ya… A la Universidad, ¿no, Clara?- me sacó de mi mundo la voz de Cristina. ¿Cuándo habían terminado de hablar sobre colores de puertas y ventanas oscilo batientes? Asentí despacio con la cabeza. No es que hablar me entusiasme precisamente, me comunico mejor con gestos o escribiendo. Pero tampoco es plan de llevar una libreta a todos lados, la gente pensaría que soy muda…
-Se va a ir a Madrid, a la Universidad Autonómica- dijo mi madre con orgullo contenido.
-No te emociones, mamá- murmuré yo, incómoda. Pensar en el futuro me hacía sentirme bastante rara, como con miedo.
-¿Por qué lo dices?
-Me queda todo el segundo año, y luego aprobar la Selectividad- expliqué sin elevar el tono de voz.
Volvieron a ponerse rollo marujas a hablar de las posibilidades mentales de mi persona. Harta, ya que estaba poniéndome nerviosa a medida que los minutos pasaban, alegué que me dolía la cabeza y me fui a casa. Subiendo la cuesta, el corazón se me paró. Latió un segundo y volvió a pararse. Luego recuperó el ritmo de forma increíble, iba como un Ferrari de carreras.
Ahí estaba. Alto, desgarbado, moreno y pálido, tal como yo lo recordaba. Los últimos siete veranos nos habíamos visto cada año más crecidos el uno al otro. Pero en ninguno me dirigió la palabra, y yo a él, menos. La timidez me vencía cada vez que me lo cruzaba, y, cuando parecía determinada a hacer de tripas corazón y murmurar “hola”, él ya se había aferrado a un amigo, a su hermano o a su móvil. Genial. Yo me cabreaba con él en mi fuero interno, por no ponerme las cosas facilitas. “¿Así cómo quiere que empecemos una conversación?” me decía, enfadada. Inmediatamente, una voz algo más conciliadora, decía que era muy probable que él no quisiera iniciar conversación alguna. Yo ya me había dado cuenta al año siguiente de haberlo visto por primera vez en mi vida, pero me había negado a aceptarlo hasta el verano pasado. Entonces, la obstinación se tornó en resignación; cuando mi máximo interés cada mañana era verlo el mayor número de veces posible hasta entonces, ahora era indiferencia. Me lo cruzaba, y ni lo miraba.
Como esta vez.
Pasé de largo, con los ojos fijos en la muy poco interesante señal de “Reduzca velocidad”. No lo miré, controlé el sonrojo de mis mejillas, ni siquiera hice ademán de volver la cabeza en su dirección fingiendo que observaba otra cosa. Iba tan concentrada en no mostrar ni un ápice de sentimientos que no me di cuenta de que él sí que se giraba a mirarme, con expresión incrédula en la cara.
-Buddy you’re a boy making big noise playin’ in the street gonna be a big man someday…- el We Will Rock You, Queen, de mi móvil me sobresaltó. Lo saqué del bolsillo de los piratas rojos, deteniéndome en frente del Copos, un bar-restaurante que era como una especie de gasolinera americana donde tienen de todo. Miré la pantalla.
Sam. Me llamaba Sam. Samuel era un amigo mío de la Secundaria. Pero yo creía que, junto con todos los demás, no querría volver a tener contacto conmigo en su vida, de lo cual me alegraba mucho.
-¿Hola?- dije, una vez me convencí de que no era una llamada errónea.
-¿Clara? Soy Sam- me contestó su voz al otro lado de la línea, una voz tan de adolescente que a mí me hacía reír. Esta vez me controlé y, en lugar de soltar una carcajada sin venir a cuento, me limité a sonreír.
-Ya, te he visto en la pantalla. ¿Cómo te va?- me senté en unas escaleras de piedra, ya que intuía que iba para largo.
-Muy bien, muy bien. ¿Tú cómo estás?
-De coña. ¿Cómo es que me llamas?
-¿No puedo llamar a una vieja amiga o qué?
-Eh, eh, de vieja nada, que te recuerdo que tu cumpleaños es antes que el mío.
Él rió en mi oído, el sonido distorsionado por el micro del teléfono.
-Estoy en Biescas. ¿Me equivoco al pensar que tú estás arriba en Panticosa?
-No, estás en lo cierto.
-¿Qué te parece que nos veamos? Tengo entendido que la lluvia de estrellas fugaces es esta noche. ¿Hace una acampada? Tengo la moto aquí.
Me quedé clavada en mi asiento. ¿Ver a Sam? ¿Tras un año entero sin tener señales de vida suyas, excepto los mensajes de móvil y el chateo por el Messenger?
-¿Clara?
-Ummm... Sí, claro, si no te va mal… Igual quieres estar con tus hermanos o con tus amigos…
-Tú eres mi amiga y llevo un año sin verte. ¿Tan mal te parece?
-No, no. Nos vemos esta noche. Me llamas, ¿vale?
-Bien. Hasta luego.
-Hasta huevo- me despedí como solía hacer. Bajé la tapa del teléfono y me lo volví a meter al bolsillo mientras subía las pequeñas escaleras hasta la cuesta que daba al conocido bloque de apartamentos.
No me dí cuenta de que dos ojos negros como la tinta seguían mis pasos de forma intensa.
Dos horas después, yo convencía a mis primas de que no, no podían venir conmigo a ver a mi amigo. Les cerré la puerta de su casa poniendo los ojos en blanco mientras caminaba a paso ligero por la galería hasta salir a la calle soleada. Los veranos en la montaña son increíbles. Hace sol, y calor, pero nunca en exceso. Metí las manos en los bolsillos de los piratas rojos mientras sorteaba coches para pasar a la calle principal. Las campanas de la iglesia dieron las cinco y media. Sam debería estar ya allí, si era puntual, cosa muy inusual en él. Pero estaba preparada para la espera. En mi bolso de Pesadilla Antes de Navidad había metido la Metal Hammer, por si tenía que entretenerme con algo. Aunque la revista para heavys no me hizo falta alguna. Sam estaba allí, alto y con el pelo castaño más rizado que nunca. Vestía unos vaqueros oscuros, parecidos a los que yo guardaba en mi armario de Zaragoza, solo que los míos estaban llenos de chapas e imperdibles, o pintarrajeados. Su camiseta de rayas resaltaba los músculos de sus brazos, abiertos y listos para ahogarme en un “Oso-Boa”, un apretón estrangulador al que yo había bautizado. Le devolví el abrazo sonriendo, y soporté que me revolviera el pelo con aire indulgente.
-Estás casi como siempre, Clara. Siempre con esa mueca tan rara en los labios- observó tras haberse separado de mí y haberme hecho una radiografía completa. Pronuncié más la mueca rara, que decía él, y luego me reí quedamente.
-Te diría que has crecido, pero es que iría en contra de las leyes de la Ciencia- dije cruzándome de brazos. Sam me había sacado, desde siempre, una cabeza larga, y eso me acomplejaba muchísimo. Ahora, la cabeza se había convertido en cabeza y media. No había derecho.
-No. Es que he crecido- se burló él, mientras apoyaba la mano en su Ninja Kawasaki. Se supone que esas motos tienen que ser verdes insecto, como la mantis religiosa de esa película de Disney, Bichos. Pero no, la moto de mi amigo era de un reluciente color negro, y había dibujado llamas cerca de la rueda trasera.
-Pero tío, ¿qué le has hecho a tu burra?- pregunté incrédula, mirándola desde todos los ángulos. ¡Qué pasada! ¡Esa moto era digna del más duro de los rockeros!
-¿No te gusta? Pero ¿qué clase de heavy eres tú, niña?- rió. Lo miré con gesto ofendido.
-Claro que me gusta, pero para eso mejor te comprabas directamente una Harley.
-No digas tonterías, ¿sabes el dineral que vale una de ésas?
-Me hago una idea- dije con un encogimiento de hombros. Él abrió la boca para reírse o para replicar, pero sus labios se convirtieron en una línea fina, con expresión incómoda y de desconcierto. Sus ojos no se fijaban ni en mí ni en su moto. Me di la vuelta para ver qué atraía su atención de esa manera.
Mi ángel pálido y de pelo negro se apoyaba contra una pared de piedra, los brazos cruzados sobre el pecho, componiendo una postura insolente. Él sí que miraba la moto, o a mí, pero lo ignoré. Me había resignado. Me lo había prometido a mí misma. Nada de fantasear, nada de creer mentiras y quimeras. Tiré a Sam de la camiseta, devolviéndolo a la Tierra.
-¿Quién es ése que te mira?- inquirió con curiosidad, casi con recochineo. Mierda. Así que me contemplaba a mí.
-Ni idea- dije con sinceridad.- Oye, tenemos que montar las cosas y eso, vamos- urgí. Mi amigo asintió, aún con la mueca burlona en los labios, y se montó en el flamante y restaurado vehículo tras ponerse su casco y entregarme a mí otro de color negro. Yo me hice hueco entre él y las cosas del camping, rodeé su cintura con los brazos y lo insté a darle caña. Con un rugido ensordecedor, la moto arrancó y nos llevó fuera del pueblo a toda velocidad. De nuevo, los ojos negros de mi ser celestial anónimo nos siguieron, sólo que esta vez la expresión era de desprecio y yo sí que había sido consciente.
A las ocho, Sam y yo estábamos tumbados sobre una vieja manta, contándonos cosas de nuestro primer curso en otro colegio, y sobre el verano. Había traído litros y litros de café y Coca-Cola, so pretexto de mantenernos despiertos hasta la madrugada, hora a la que la lluvia de estrellas era más visible. La noche en la que caían las Lágrimas de San Lorenzo era, en mi opinión, la más mágica del año. Y poder compartirla con mi mejor amigo la hacía, además, muy divertida.
Tras un rato de silencio, él decidió tocarme un poco las narices.
-¿De verdad que no sabes quién era ése chico?
-No, Sam, no sé cómo se llama. Lo he visto otros años, pero nunca hemos hablado- dije cortante. Rogué con mi alma que la conversación sobre mi ángel sin nombre terminase allí, pero Sam no parecía ser de la misma opinión.
-Pues te miraba mucho, que lo sepas. Yo que tú me andaría con ojo, no vaya a ser que intente… Cosas (////)
Estuve tentada de tirarle la Coca-Cola de mi vaso, pero la necesitaba. Le dediqué un gruñido con todo mi amor y bebí un trago.
Las horas pasaron. Yo me dormí, pero, a las tres de la madrugada, mi amigo me despertó con un toquecito en el brazo.
-Abre los ojos… Es la hora- susurró en mi oído. Me incorporé despacito y sin prisa, y volví los ojos al cielo. Miles y miles de estrellas fugaces parecían hacer carreras en el negro firmamento. La Vía Láctea se definía claramente, y las estrellas estáticas aumentaban la belleza del momento. En mi fuero interno, ya que sólo lo admitiría allí, hubiera deseado que no fuera Sam quien estuviera a mi lado para compartirlo, que fuera… “Para ya, joder” pensé para mí misma.
-¿Estás pidiendo deseos?- inquirió Sam, interesado.
-No. Nunca se me cumplen.
-Será porque no lo haces bien.
-¿Se te cumplen a ti, acaso?
-Mírame- pidió de repente con la voz cargada de fogosidad. Alarmada, giré la cabeza para hacer lo que me decía. Uo, un momento, ¿cuándo se había puesto tan cerca? Él sonrió, complacido.
-Ya se me ha cumplido uno- dijo, apartándose un poco. Yo volví a respirar de forma normal y fruncí el ceño.
-No digas tonterías, Sam- farfullé, volviendo a mirar al cielo. Él se rió.
-Vamos, prueba. Sólo uno. Pero hazlo bien.
-¿Y cómo lo hago bien, listo?
-Ten fe en lo que pides.
Vamos, ya lo que me faltaba. Fe. Increíble. No estaba para chorradas, nunca lo estaba, pero por no oírle, me concentré al máximo, pensando a la vez: “Menuda estupidez” y “Que se cumpla el más desesperado deseo de mi corazón”. Notaba cómo el segundo pensamiento vencía al primero, así que clavé los ojos suplicantes en las estrellas. Una especialmente brillante cruzó el cielo, dejando tras de sí una estela de fuego, como un auténtico cometa. Quise creer que eso significaba que mi deseo se vería cumplido.
Tras una hora viendo caer estrellas, Sam y yo nos dormimos. A las diez de la mañana, mi móvil con el We Will Rock You sonó, despertándonos a ambos con un respingo.
-¿Quién narices es?- preguntó la voz somnolienta de Sam. Oí cómo su cuerpo volvía a caer sobre la hierba, con un resoplido de fastidio.
-Mi madre- descolgué el móvil y me lo puse en la oreja.- ¿Hola?
-¿Clara? ¿Dónde estáis?
-En el prado aún, mamá. ¿Por?
-Bueno, volved ya. Samuel tiene que irse- y colgó. Me quedé mirando la pantalla del móvil con desconcierto.
-¿Qué te cuenta tu vieja?- preguntó Sam, incorporándose para verme mejor.
-Que nos vayamos ya, que tenéis que iros- dije, guardando el móvil en la mochila. La verdad es que yo estaba deseando irme. Necesitaba una ducha de agua bien caliente con urgencia. Con un suspiro resignado, Sam accedió a mover el culo y marcharnos. Cuando me dejó delante de casa, me besó en la frente.
-Hasta pronto, Clara. Ha sido estupendo volver a verte. Espero que tu deseo se cumpla- sonrió y aceleró para largarse a Biescas en moto.
-Yo también lo espero- murmuré tras haber bajado la mano con la que lo había despedido.
Los dos días que siguieron a la noche de la caída de estrellas fugaces se me antojaron aburridos. El día doce nos fuimos todos de excursión, algo muy normal teniendo en cuenta el lugar en el que estábamos. El trece, sin embargo, quisieron irse a un pico que a mí no me apetecía y me quedé en casa, toda feliz de tener unas cuantas horas de libertad sin vigilancia.
A las doce salí a alquilarme una película. No es que en casa nos excediéramos con la tecnología, ni mucho menos. Pero el ordenador, el mejor invento del ser humano sobre la Tierra desde la literatura, tenía programa de reproductor de DVD. Me agencié el iPod, la tarjeta y el bolso con llaves, móvil, Metal Hammer y cazadora, por si acaso. Encendí mi reproductor de música y la melodiosa voz de Tarja Turunen, ex cantante de Nightwish, invadió mis oídos.
Mientras pasaba por delante del supermercado, me fui haciendo un esquema mental de la película que quería ver. Me apetecía algo absurdo, algo tan banal y tan poco acorde a la fachada que yo mostraba al mundo, que fuera capaz de levantarme el ánimo. Cuando llegué a la maquineta, no lo dudé: alquilé Orgullo y Prejuicio, una película que, si no me la había visto treinta veces, no la había visto ninguna.
Yo tenía intención de acabar rapidito, pero a la estúpida tarjeta le dio por no funcionar en aquel preciso instante. Di un golpe en la pared con los nudillos.
-Leches, ¿pero qué rayos te pica hoy, tarjeta asquerosa?- maldije mirando a la pantalla como si me hubiera ofendido gravemente.
No me había dado cuenta de que no estaba exactamente sola.
-¿Necesitas ayuda?- dijo una voz grave, tranquila, musical, detrás de mí. Yo me di la vuelta bruscamente, dispuesta a despachar a quien fuera y que me dejasen seguir maldiciendo en paz.
No esperaba encontrar sus ojos, negros como un cielo nocturno sin estrellas, atravesándome, viendo mi alma como si fuera un libro con dibujos y de letras grandes, pero aún así, interesante en grado superlativo.
No esperaba que sus perfectas facciones estuvieran alteradas por una sonrisa dulce y burlona, tan franca como misteriosa. Al sonreír, sus mejillas adoptaban un tono melocotón que contrastaba con su palidez extrema, un tono afrutado que me volvió loca desde ese momento.
No esperaba verlo ahí, apartándose el pelo negro de los ojos, arrancando reflejos azulados, ligeros resplandores al moverse y brillar el sol en cada cabello.
-Parece que tienes problemas- observó amablemente, entrando sin que yo lo hubiera invitado a la caseta donde estaba la máquina.
-No, yo… Bueno, la tarjeta no me va, pero creo que la he metido al revés- me expliqué, no quería pasar demasiado tiempo a su lado si luego iba a irse sin presentarse, como hacía siempre.
-Pues sí, tienes razón, la has metido del revés- volvió a sonreír, sacando la tarjeta (“Bendita sea” pensé en aquel momento) de la ranura y poniéndola correctamente. Se hizo a un lado como un caballero para que yo introdujera el código en la pantalla táctil. Cero, cinco, cero, siete. Mi ángel sin nombre miró la pantalla donde estaba la lista de películas, mientras la máquina hacía ruidos raros para sacar la mía.
-Orgullo y Prejuicio- comentó.- Tiene una banda sonora excelente.
-Sí, sí que la tiene- coincidí sin mirarlo. Él sonrió ante mi actitud y, más rápido que yo, cogió la caja con el DVD en su interior.
-¿Cuál es tu escena favorita?- preguntó muy serio, como si me pidiera consejo para dominar el mundo mientras agitaba la película delante de mí.
-¿Disculpa?- solté yo, estupefacta.- ¿A qué viene eso ahora?
-Sólo quiero saber más de ti, Clara- sonrió de nuevo, y yo fruncí los labios. ¿Que quería saber más de mí? Sí, claro, y yo si tuviera ruedas sería una bicicleta, no te…
-Yo ni siquiera sé tu nombre- le recriminé, imprimiendo en esa frase toda la amargura que había acumulado durante siete largos años. Para colmo, él sí que sabía el mío. Aunque claro, no me pilló por sorpresa, ya que mis adoradas primas (nótese el sarcasmo) tenían la adorable costumbre de llamarme a grito pelado cuando no hacía ninguna falta, o peor, cuando él estaba rondando cerca.
Él dejó de sonreír ante mi acusación. Compuso una expresión seria y salió de la caseta. Contra pronóstico, se quedó fuera, esperándome. Yo abandoné el estrecho lugar con rapidez.
-¿Te importa que retrase un poco tu vuelta a casa?- me preguntó una vez estuvimos los dos bajo la luz del sol. Parpadeé. O ese chico había leído Crepúsculo, o era demasiado educado como para ser un adolescente del siglo XXI.
-No, claro… En realidad no hay nadie- murmuré. Él sonrió. Dios mío. Por todos los cinturones de Alice Cooper, ¿cómo podía un ser humano ser tan condenadamente guapo? ¡Encima hablaba bien!
-Perfecto, entonces, te puedo acompañar, si me lo permites, claro- me miró de nuevo como si tratase de leer mi alma.- ¿Vamos?
Yo asentí con la cabeza, sin hablar. No sabía si me había sonrojado, esperaba que no, pero ya no podía formular una frase inteligente, no con él tan cerca. Comenzamos a caminar, tranquilos y sin prisa. Me pregunté si sería posible que él quisiera pasar todo el tiempo que pudiera a mi lado, exactamente lo que sentía yo.
-Me llamo Ángel- dijo al fin, tras un rato de silencio. Yo me detuve. Él se dio la vuelta para mirarme, entre extrañado y dulce. Sus ojos me interrogaron al posarse sobre los míos. Se acercó a mí, dado que yo me había quedado atrás. La muda pregunta de su mirada urgía una respuesta convincente.
-No sé explicártelo sin parecer idiota- susurré, perdiéndome en esos dos pedazos de cielo nocturno.
-Inténtalo. No voy a reírme- de pronto, su rostro se iluminó con un aire de infantil ingenio.- Vamos a otro sitio- y me agarró de la mano y tomó el camino hacia el parque. Yo pensé que me llevaba a la caseta donde nos vimos por primera vez, en el principio de los tiempos, pero pasó de largo y continuó por el camino al Pueyo.
-¿Dónde vamos?- pregunté yo, mientras metía la película en el bolso, junto a la Metal Hammer, el móvil, el iPod y las llaves.
-Al bosque, ¿te parece bien?- dijo él, aunque yo tenía la ligera impresión de que si me parecía bien o mal daba un poco igual.
No tuvimos que caminar mucho, además, yo me sabía el recorrido de memoria. La mayor parte era sombría, yo cual, con lo caluroso que nos había salido el día, era una bendita bendición. Yo me quité la cazadora y la metí al bolso, que parecía a punto de petarse. Pobrecillo.
-Ya llegamos, aunque tú conoces bien el lugar, ¿no?- comentó él sonriendo. Yo le dediqué una mueca, como si lo conociera de toda la vida. En realidad, era más o menos así, pero lo que se decía conocernos a fondo… Intuía que íbamos a empezar en aquel momento. Yo estaba emocionada en grado sumo, y trataba de no hacerlo evidente. Lo mismo era una broma.
-Es raro que no estés con tu hermano- observé, mirándolo. Él se rió, y su risa era tal como yo la recordaba: musical, traviesa, juguetona…
-Me he escapado, aunque luego me interrogará y tendré que mentirle o decirle la verdad… Ya estamos- llegamos a un prado rodeado de árboles, un prado donde allá, en la lejanía, se distinguía un puente para cruzar al otro lado del bosque. Las flores estaban abiertas al sol, y la hierba estaba tan verde como… Como… Como una cosa muy verde. Yo conocía aquel pradito de memoria, había estado cientos de veces en él, pero nunca en tan agradable compañía. Ángel, si es que ése era su verdadero nombre, se volvió a mí y me invitó a continuar hasta un sauce con un gesto del brazo. Se sentó en el suelo a la sombra del anciano árbol y yo hice lo propio, situada en frente suyo.
-Bueno, dispara- dijo, y se recostó contra el tronco del sauce. Yo me lo quedé mirando. A ver si lo había pillado bien, ¿pretendía que le dijera todo lo que yo había callado durante siete largos años?
-Yo… Verás, es complicado y chocante para mí empezar a conocerte ahora, cuando llevo siete años tratando de hablar contigo, sin siquiera saber tu nombre…
-¿Y por qué no lo hiciste?- cortó él.
-Pues porque siempre estabas con tu hermano o tus padres, o hablando por el maldito móvil…
-Y te daba vergüenza- concluyó él.
-La verdad es que sí, me daba vergüenza- repliqué yo, apartándome el pelo de la cara. Él se limitó a sonreír. En sus ojos había una expresión extraña, como melancólica.
-No tenías por qué- acabó diciendo, rompiendo el caótico silencio en que nos habíamos sumido los dos. Yo lo miré con ligera hostilidad, una sensación que se daba de bofetadas con la adoración rayana en la locura que siempre había sentido hacia él.
-Sí tenía por qué. Tal vez no lo hayas notado, pero a la gente le suele avergonzar entablar una agradable y campestre conversación con un perfecto extraño- remarqué el “perfecto”. Si decidió que iba o no con segundas, nunca lo supe.
-Tú y yo no somos extraños- murmuró clavando sus ojos en mi cara.
Una renovada fuerza me había apresado. Era ira, ira porque decidiera hablarme justo cuando yo empezaba a reunir fortaleza suficiente para dejar el asunto atrás. Ira porque me estaba echando en cara totalmente que yo no hubiera sido valiente (o masoquista) y no hubiera dado el paso. Ira porque yo quería que todo eso lo hiciese él, pero nunca se había molestado en saber lo que yo pensaba o deseaba.
Nunca, hasta ahora.
-Sí que somos extraños- le discutí. Él sonrió con paciencia.
-Para mí, tú no eres una extraña.
-No sabes nada de mí.
-En eso te equivocas completamente.
-Ya, sí, claro.
-Te equivocas completamente- repitió sonriendo, inclinándose hacia mí.- Sé mucho de ti, y sólo he necesitado escuchar y atar cabos.
Bufé. Ahora iba a resultar que el chico era una especie de Sherlock Holmes español, joven e irremediablemente atractivo.
-Elemental, mi querido Watson- parodié, provocando que él se riera a mandíbula batiente.
-¿Ves? Ya sabía que eras divertida. Y sarcástica, y cuando te cabreas, irónica- dijo, con el rastro leve de su risa aún en la cara.
-Oh, Dios, no tengo secretos para ti- ironicé poniendo los ojos en blanco.
-Ahí lo tienes. Sarcasmo e ironía. Cuesta creer que los uses tanto para ser tan joven.
-Una aprende rápido, abuelete- se rió una vez más.
-Te interesará averiguar que sé que eso es pura fachada.
Me quedé de piedra. ¿Qué se había creído el niñato aquél? ¿Fachada? ¿Y él que puñetas sabía? Mi expresión de cabreo in crescendo debió de reflejarse en mi rostro, ya que él alzó una mano, pidiendo calma. Sí. Uf. Serenidad y clases de yoga, como yo decía siempre.
-¿Tú qué sabes?- mascullé con furia. Desde luego, nuestro primer contacto no estaba yendo como yo hubiera querido. No había planeado cabrearme y que él fuera de superfilósofo por el mundo.
-Sé más de lo que te piensas- replicó él, ahora con una mirada seria.- Lo sé porque yo he mantenido la misma fachada desde el primer momento que…- calló. Lo que fuera que iba a decir, era obvio que no lo consideraba adecuado para que yo lo oyera. Y eso me picó. Mucho.
-¿Qué? ¿Desde el primer momento que qué?- presioné. Ángel apartó los ojos de una brizna de hierba que paseaba entre sus dedos y los clavó en los míos. Sentí cómo buena parte de mi sangre se acumulaba en mis mejillas, pero le sostuve la mirada, desafiante.
-Desde el primer momento en que una niña de nueve años me atrapó con su mirada de chocolate reluciendo al sol de la tarde. Desde el primer momento que la oí hablar- el chico sonreía y se acercaba a mí despacio, pero yo estaba demasiado ocupada estudiando con cautela esos dos trozos de cielo de la noche, tratando de averiguar si mentían o eran tan sinceros como parecía.
De una indiferencia absoluta, él decía que había sentido lo mismo que yo, actuado igual que yo, reaccionado como yo lo había hecho. La situación era tan ridícula que yo sólo tenía dos opciones: o preguntar dónde estaba la cámara oculta y el equipo de Just for Laughs… O bien creerlo.
Creer que mi cuento de hadas estaba a punto de hacerse realidad y que yo aún podía ser rescatada a manos de mi príncipe azul. Tenía la opción de creer que podía ser, al fin, feliz con aquel a quien yo, como ocurre en las historias que merecen la pena contarse, empezaba a conocer en aquel momento. Feliz con aquel chico al que amaba de verdad, sin importarme las circunstancias.
Y él estaba siendo sincero. El Jefazo sabrá por qué, pero ahí lo tenía, a escasos centímetros de mí, con dos ónices clavados en el indigno chocolate que teñía mis ojos. Él era real, era… Era verdadero, no era un caballero andante de novela artúrica ni un elegante vampiro salido de la imaginación de Stepheine Meyer. Tampoco era un romántico señor Darcy ni un valiente príncipe Caspian, ni un enamorado Romeo.
Era mucho mejor que todos ellos. Eran tan gallardo como el caballero y tan educado como el vampiro; era tan romántico como el señor Darcy, y me parecía tan valiente como Caspian. Y, desde luego, como Romeo, estaba enamorado.
Enamorado, por increíble, surrealista, absurdo y fantástico que pueda parecer, de mí.
Yo había elegido la opción del cuento de hadas. La opción de salir de niebla y las sombras a un sol fulgurante y reluciente. Y él lo supo, mirándome a los ojos, desentrañando mi expresión. Supo que yo quería una historia de amor verdadero y eterno a su lado, porque eso era lo que él deseaba también. Supo que, de la ardua batalla que había librado consigo mismo, había salido vencedor. Y yo sentía lo mismo.
Entonces, me tocó. Su mano fresca y suave se posó en mi mejilla enrojecida, y su dedo pulgar la acarició con ligereza. Yo incliné la cara sobre la palma, con los ojos fijos en la hierba.
-Aún no te lo crees- adivinó él en un susurro divertido. Yo lo miré con una sonrisa.
-Elemental, mi querido Watson- dije por segunda vez, burlona. Él volvió a reírse. Por Lordi, tendría que componerle una canción a esa risa. Era una mezcla de música divina, luz de sol y arroyuelo burbujeante que nacía no de la garganta, sino del corazón. Era lo más hermoso que yo había oído jamás, incluyendo el May it Be de Enya.
-¿Cómo puedo demostrártelo?- preguntó con un gesto dulce, sus mejillas adquiriendo ese tono melocotón que me había vuelto loca.
-No puedes. Que me lo crea o no es cosa mía y de lo dispuesta que esté a despertar y aceptar que esto es un sueño.
-Pero no lo es.
-Ya, sí, claro.
Y entonces, sin previo aviso, me tiró del pelo. Vaya hombre, nos habíamos declarado hacía diez minutos y ya había violencia de género. Le eché una mirada encendida de rabia y él se rió por enésima vez.
-¿Te ha dolido?- inquirió con interés.
-Nooooooo- dije, sarcástica.
-Pues eso te prueba que no es un sueño.
Vaya, y tenía razón el condenado. Le saqué la lengua como Lucía solía hacer cada vez que alguien de quitaba la punta de su tortilla de patata.
-¿Y qué sabes de mí?- quise ventear, ya que eso de “escuchar y atar cabos” me había tocado la fibra curiosa. Él se quedó pensativo.
-Pues… Odias el color rosa- me sonrió como diciendo “no tienes remedio”.- También la cursilería y los cabezas huecas… Y que las orquestas del pueblo te hacen vomitar.
Esta vez me tocó a mí reírme. Me estaba calando en todo lo que no me gustaba.
-¿Y qué más?- pregunté.
-¿Qué quieres saber?
-Dime lo que me gusta.
-Yo- dijo, hinchando el pecho cual pavo real.
-Engreído- reí, poniendo un dedo en sus pectorales para bajarle un poco las ínfulas. Él tomó mi mano y la acercó a sus labios, pero no llegó a besarla. Todo el mundo sabe que es de mala educación besar la mano de una señorita por completo.
-Pues te gusta… El color verde. Y… salta a la vista que el heavy metal… Y creo recordar que tu grupo favorito es Sonata Arctica.
-¿Cómo…?- yo estaba alucinada.
-No sabes de lo que uno se puede llegar a enterar cuando la persona a la que espía no está mirando.
-Bueno, y dejando aparte las violaciones de mi intimidad gracias a tu supremo espionaje digno del FBI…
-¿Qué me quieres ocultar, forastera?
-Mis medidas.
-Eso no tardaré en averiguarlo.
-Que te lo crees y todo- reí, y él se unió a mis risas. Era maravilloso poder bromear con él; era cumplir un sueño. A partir de aquella tarde empecé a creer que nada es imposible.
-Pero tú sigues sin saber cosas similares de mí, pequeña tonta vergonzosa- me dio un toquecito en la nariz. Yo le dediqué una mirada de furia desde el amor y el cariño.
-Es que eres como una fortaleza impenetrable- me defendí.
-Cierto; pero te estoy abriendo las puertas y te estoy dejando pasar. A ti y sólo a ti.
-¿Y eso?
-¿Aún no te lo ha dicho nadie?
-¿El qué?
-Te amo, Clara.
Yo me quedé blanca, helada, de piedra. No es que no hubiera soñado que me lo decía cada noche; es que no estaba acostumbrada a oírlo. Y tampoco hubiera esperado que llegara a suceder. Ángel me miraba preocupado.
-¿Qué pasa? ¿No te hace feliz?
Yo sacudí la cabeza. Quería gritar y reír, quería saltar y llorar de emoción. Las lágrimas asomaban a mis ojos, y no quise detenerlas esta vez.
No quise porque habían vuelto a pintar la fachada. Y esta vez habían elegido un color claro y luminoso, ardiente como un día de verano. Como ese día de verano. No; no detuve las lágrimas que cayeron de mis ojos a mi regazo, ni las más tímidas que recorrían mis mejillas. Tampoco oculté la amplia sonrisa que había imaginado esbozar y nunca llegaba a hacerlo.
-Estás llorando- murmuró mi ángel. Una de las emocionadas lágrimas cayó en su antebrazo.- ¿Por qué lloras?
-Es que… Es que soy feliz. Muy, muy, muy feliz.
-¿Y eso?
-¿No te lo ha dicho nadie?
-¿El qué?
-Yo también te amo, Ángel. Mi adorado ángel sin nombre que ya no está en el anonimato. Mi príncipe. Mi Edward, mi señor Darcy, mi todo- solté, una por una, las reflexiones que había acumulado conforme conocía personajes para compararlo. Solté lo que le quería decir desde que tenía nueve años. Solté que lo amaba, solté la llama de esperanza que me había impulsado a persistir. Y él agradeció la confesión con una dulce sonrisa.
Y me besó.
jueves, 5 de marzo de 2009
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